jueves, 6 de marzo de 2014

La velocidad, el tiempo y tú (segunda parte)

Así fue, Violeta, que me hice más consciente de que el tiempo de reloj no es el tiempo de vida. Ya lo intuía, ya había tenido muchos registros, pero esta vez no lo olvidaría. Se quedaría para siempre, que el tiempo se vuelve relativo de acuerdo a nuestra atención sobre el presente. Y claro, cuando estamos contemplativos, le prestamos tal atención al presente, que detenerse en el transitar de una mariquita por unos minutos, puede tornarse en una sensación de horas. Y cuando estamos felices, en ocasiones sentimos tan intensamente la emoción, que dejamos pasar tantos detalles del presente, que entonces el tiempo se fuga como si fuese más rápido. Y cuando estamos molestos, aburridos o tristes, pues ocurre que vivimos tan fatigantemente nuestra emoción, que nos congela el tiempo, y lo sentimos transcurrir denso, porque no pasa nada, nos dicta la emoción.

El tiempo de reloj, descubrí, como quien se da cuenta que está respirando, es solo un acuerdo social y latiga cuando se vive apenas con ese tiempo. Cuando la contemplación ya no se permite en el agite de la posmodernidad. Bueno, etc, etc. Esto es filosófico y no quiero agobiarte... aún, con las ideas abstractas y las nociones pactadas entre los hombres para establecer una realidad común.

En todo caso, ese día, esos días de contemplarte sin tiempo, me dieron una sensación de vida larga que nunca había experimentado. La elasticidad del tiempo: una ecuación con un factor mental y otro de acciones, que dan como resultado una sensación de tiempo fija, dividida, digamos, por la intensidad de luz del día. ¡Una nueva fórmula! (Claro, de valores subjetivos y no cuantificables, sirve apenas como una noción organizada para formular un estado mental de una persona).

Y entonces... (Continuará, última parte).

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