Una tarde, mientras tu mamá trabajaba como profe de francés, fuimos a dar un paseo por la ciudad. Tenías apenas tres meses y dormías cómoda en movimiento, es decir, mientras te sostenía en brazos y caminaba. De otra manera, aullabas en llanto. Recuerdo que recorrí calles de Cali que nunca antes había pisado. Subí contigo en brazos por la Av. La Estación hasta llegar a Santa Mónica, unas casas grandes, de máximo dos pisos, sobre unos terrenos amplios. Después tomé la carretera hacia Santa Mónica hasta toparme con unas gradas... El ruido de la ciudad, de la Av. Sexta, de su tropel de oficinas, quedó atrás de nosotros, Violeta. Y tú dormías profunda sobre mi pecho, mecida por mis pasos y sujetada por el cargador de tiras de reata y pañal de tela.
Trepamos esas gradas de Santa Mónica, rumbo a una loma desconocida, de casas de una estratificación más alta. Los árboles crecían con más frondosidad, libertad y número. Se escuchaban los pajaros, de toda clase, no soy biólogo, pero te digo que era como escuchar tenores, vendedores ambulantes, pequeños niños y cantantes líricos de todas las tonalidades. Excepto que este era un ruido armónico de pájaros. Sentí tu respiración sosegada y el viento más fresco. Caminé sintiéndome acompañado por las raíces de los árboles, por el viento entre las hojas, por la música ténue que salía de algunos balcones, y de vez en cuando uno que otro carro lujoso.
Tu mami terminaba a las seis de trabajar. Sería la hora de tu cena, de tu teta. (Hoy, en tus diez meses, ya la nombras, teta, tetí, teta, y nos enternece hasta las tripas tu voz y la claridad que poco a poco adquieres en la dicción). Mientras tanto debía distraer tu hambre procurándote un sueño de al menos tres horas. Te digo: sentí la intensidad del momento de tal forma, que creí que había pasado mucho, por todas la cosas que mi cuerpo había sentido. Si calculara el tiempo por las acciones, viví durante ese rato más de tres horas. Sin embargo, cuando me cansé de deambular entre edificios sellados, y la soledad de las calles y regresé a la ciudad, augurando que el tiempo de reloj había dejado que sus manecillas giraran con rapidez.... habíamos pasado apenas hora y media de reloj.
Tú, quizá, en tu sueño, habías vivido un parpadeo... (continuará).
No hay comentarios:
Publicar un comentario