Por un momento, por pensar en la responsabilidad que representabas, dije: requerirá de mucho tiempo. Tu alimentación, tus cuidados, mi trabajo, mi estudio, el baile, la escritura, la lectura, la diversión, la relajación, el descanso. Ser padre será una ardua tarea. Y lo es.
Sin embargo, entendí que tenerte a ti significa aprender a ser veloz. Preparar almuerzo en 45 minutos (todo: jugo, seco, sopa). Aprovechar tus siestas para hacer aseo. Aprovechar las madrugadas para alistar la comida del día siguiente, lavar teteros, organizar la vajilla sucia, acomodar tareas y trabajos. Ya no da espera a la laxitud (es decir al desgano, a la lentitud, a aplazar las cosas para otro rato). El ya, el presente, el momento es ahora.
A veces, esta velocidad me azara el espíritu. Cuestión de costumbre. Y ahora que me estoy acostumbrando, con sacrificio de sueño, de siestas, de amistades, de platos de comida, pues noto que se puede hacer malabares con ese tiempo escaso, con esas pocas 24 horas del día. Ha sido una tarea de esfuerzo. Pero te tenemos en casa y no en una guardería, si te cuidan, te cuida gente que te quiere, y no más de seis horas, porque ya llegaste un día a casa muy triste, buscándonos, y tuviste sueños en que gemías con desconsuelo... porque ya nos extrañas, y te lanzas a abrazarnos, y detectas nuestra ausencia y nos reconoces con amor y como una fuente de seguridad. La pasas muy bueno con la baraja de abuelos de tu familia paterna y materna, sin embargo, te hacemos una falta... tan bella que sos, risueña japonesa, Pucca de mi vida.
Estoy entendiendo esto de la velocidad para arreglar casa, hacerte sopa de verduras a media noche, lavar y pringar teteros, escribir, organizar el cuarto y ver, contemplar, sin tiempo que azare o empuje mi voluntad, tu sueño plácido junto a la espalda desnuda de tu madre.
Cómo las amo.
Nota: ella es Pucca, por cierto.
Así fue, Violeta, que me hice más consciente de que el tiempo de reloj no es el tiempo de vida. Ya lo intuía, ya había tenido muchos registros, pero esta vez no lo olvidaría. Se quedaría para siempre, que el tiempo se vuelve relativo de acuerdo a nuestra atención sobre el presente. Y claro, cuando estamos contemplativos, le prestamos tal atención al presente, que detenerse en el transitar de una mariquita por unos minutos, puede tornarse en una sensación de horas. Y cuando estamos felices, en ocasiones sentimos tan intensamente la emoción, que dejamos pasar tantos detalles del presente, que entonces el tiempo se fuga como si fuese más rápido. Y cuando estamos molestos, aburridos o tristes, pues ocurre que vivimos tan fatigantemente nuestra emoción, que nos congela el tiempo, y lo sentimos transcurrir denso, porque no pasa nada, nos dicta la emoción.
El tiempo de reloj, descubrí, como quien se da cuenta que está respirando, es solo un acuerdo social y latiga cuando se vive apenas con ese tiempo. Cuando la contemplación ya no se permite en el agite de la posmodernidad. Bueno, etc, etc. Esto es filosófico y no quiero agobiarte... aún, con las ideas abstractas y las nociones pactadas entre los hombres para establecer una realidad común.
En todo caso, ese día, esos días de contemplarte sin tiempo, me dieron una sensación de vida larga que nunca había experimentado. La elasticidad del tiempo: una ecuación con un factor mental y otro de acciones, que dan como resultado una sensación de tiempo fija, dividida, digamos, por la intensidad de luz del día. ¡Una nueva fórmula! (Claro, de valores subjetivos y no cuantificables, sirve apenas como una noción organizada para formular un estado mental de una persona).
Y entonces... (Continuará, última parte).
Una tarde, mientras tu mamá trabajaba como profe de francés, fuimos a dar un paseo por la ciudad. Tenías apenas tres meses y dormías cómoda en movimiento, es decir, mientras te sostenía en brazos y caminaba. De otra manera, aullabas en llanto. Recuerdo que recorrí calles de Cali que nunca antes había pisado. Subí contigo en brazos por la Av. La Estación hasta llegar a Santa Mónica, unas casas grandes, de máximo dos pisos, sobre unos terrenos amplios. Después tomé la carretera hacia Santa Mónica hasta toparme con unas gradas... El ruido de la ciudad, de la Av. Sexta, de su tropel de oficinas, quedó atrás de nosotros, Violeta. Y tú dormías profunda sobre mi pecho, mecida por mis pasos y sujetada por el cargador de tiras de reata y pañal de tela.
Trepamos esas gradas de Santa Mónica, rumbo a una loma desconocida, de casas de una estratificación más alta. Los árboles crecían con más frondosidad, libertad y número. Se escuchaban los pajaros, de toda clase, no soy biólogo, pero te digo que era como escuchar tenores, vendedores ambulantes, pequeños niños y cantantes líricos de todas las tonalidades. Excepto que este era un ruido armónico de pájaros. Sentí tu respiración sosegada y el viento más fresco. Caminé sintiéndome acompañado por las raíces de los árboles, por el viento entre las hojas, por la música ténue que salía de algunos balcones, y de vez en cuando uno que otro carro lujoso.
Tu mami terminaba a las seis de trabajar. Sería la hora de tu cena, de tu teta. (Hoy, en tus diez meses, ya la nombras, teta, tetí, teta, y nos enternece hasta las tripas tu voz y la claridad que poco a poco adquieres en la dicción). Mientras tanto debía distraer tu hambre procurándote un sueño de al menos tres horas. Te digo: sentí la intensidad del momento de tal forma, que creí que había pasado mucho, por todas la cosas que mi cuerpo había sentido. Si calculara el tiempo por las acciones, viví durante ese rato más de tres horas. Sin embargo, cuando me cansé de deambular entre edificios sellados, y la soledad de las calles y regresé a la ciudad, augurando que el tiempo de reloj había dejado que sus manecillas giraran con rapidez.... habíamos pasado apenas hora y media de reloj.
Tú, quizá, en tu sueño, habías vivido un parpadeo... (continuará).

Ríes con dos diminutas ferocidades, te sostienes como equilibrista, por unos segundos, sobre tus dos pies, dices papapá, mamamá y tetí-tetí para pedir teta, rechazas claramente lo que te disgusta, te encanta jugar con agua, estás aprendiendo a usar tus deditos como pinzas para agarrar las cosas pequeñas, papelitos, arroces, trocitos de vegetal de las ensaladas, aunque te enojas cuando se te dificulta mucho y entonces sacudes con tus manos aquello que no pudiste agarrar para desaparecerlo de vista por un rato... luego insistes.
Creces a prisa. Pesas 8 kilos. Eres muy sociable y dinámica. Estás enamorada de tu papá aunque se esté quedando calvo. De hecho juegas con los pelitos que encuentras en el piso de la sala, que son pelos caídos por la irrefrenable calvicie genética de papá. Ya estamos creando las tarjeticas con tus primeras palabras, para que aprendas a leer prontamente. Te encanta dormir arrullada en mis brazos, te sientes segura. Pero no te gusta que toque a tu mamá cuando estás alimentándote. Me quitas las manos de su piel. Ya aprendiste a no halarme los vellos de las piernas, así que ahora te sostienes de mis pantorrillas, mientras cocino o lavo platos, con las palmas abiertas como si te apoyaras de la pared (antes te agarrabas de los vellitos, como quien se agarra de una cobija para trepar, lo que me hacía maldecir en voz alta). Reconoces cuando se te dice que no y dices 'no' con tu cabecita, lo que se ha vuelto un juego entre nosotros los adultos y tú. Tú a que no, nosotros que sí.
Sonríes pleno en las mañanas cuando amanemos junto a ti. Es un espejo de la felicidad que nos da amanecer contigo, a pesar de que no nos dejaste dormir nada bien en la madrugada. ¡Ja! Te amo Violeta. Ayer bailaste tango entre tu mamita y yo. Y las sentí totalmente conmigo. Hoy se ha cumplido otro ciclo mensual en tu estadía en la Tierra. Bendita seas siempre, mi amor.