Habías cumplido un año. Teníamos, tu madre y yo, una serie de quejas de nuestros familiares porque no caminabas. ¡Por Zeus! Estábamos hasta la coronilla de que colocaran como algo anormal o incluso como si se tratara de una enfermedad el que no caminaras. "¡Tiene un año, ya debería caminar!". Armados de paciencia... no armados... más bien dotados de algodones de paciencia para que no se nos salieran las espinas del enojo, explicábamos que era tu proceso, que no existía una fecha normal para que caminaras, que esperaríamos a cuando tú te sintieras segura...
Ya dabas "solitos" o pequeñas caminatas sin apoyo. ¡Cerrabas los ojos, amor! Jajaja. Como si te fueras a estrellar con algo. Al tiempo te llenabas de emoción y dabas gritos de vértigo al verte dando media docena de pasitos por tu propia cuenta.
Y una mañana, sin que nadie te lo pidiera, decidiste explorar toda la casa erguida y caminando sobre tus pies. Tu mamá y yo callábamos. Queríamos darte ese placer sin barullo que te hiciera sentir rara. Qué alegría fue verte caminar. Y poderte grabar... ni se diga.
Tu abuelo sacó gusto de tu caminado y decidió jugar a la muñequita de cuerda...
Esto (escribir y recordar) es lo que hago cuando no puedo estar contigo. Te llevo siempre en mi pensamiento. (Estoy escribiendo el primer libro de mi carrera como escritor profesional, por eso mi corto aislamiento proentrega). Te amo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario