jueves, 7 de abril de 2016

Cansancio

Al final de la noche, ya en la cama, tú me evitabas y solo querías estar acostada junto a tu madre. Yo también te evitaba y me fui a leer a la sala, en el primer piso. Leí un par de capítulos de un libro hasta que me relajé. Subí, me acosté al lado de ustedes y tú todavía rehuías a mi contacto. Le dije a tu mamá:

—Yo entiendo, debe estar harta de mí.
—¿Y por qué?
—Porque yo también lo estoy de ella... A esta hora ya estamos cansados el uno del otro.

A tu mamá le causó tanta risa lo que dije, no sé por qué, tal vez por como lo dije, y a mí también me dio tanta risa lo dicho por su sinceridad enorme, que nuestras risas se unieron y pedalearon mutuamente hasta que se hicieron contagiosas y tú, que empezabas a dormir, comenzaste a reír con nosotros.

Estiré mi mano y te dije:


—La paz, Violeta.

Me diste tu manita leve y la agité, aunque tú, al parecer, no entendías muy bien el concepto del gesto. Sin embargo, poco a poco te fuiste corriendo en la cama, como un gusano, hasta llegar junto a mí. Entonces me diste un abrazo feliz, un abrazo de reconciliación.

Ah, amor... nos cansaremos el uno del otro las mismas veces que nos reconciliemos para vivir un alegre presente. Te amo.

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